Donde habita la alegría de vivir

En un lugar de México, entre la jungla y la costa del Pacífico, en el que todo es un poco diferente que en otros resorts, dar la bienvenida al nuevo año se convierte en una experiencia mágica. Careyes es sinónimo de aventura, sensualidad, glamour y relax. Los huéspedes internacionales que aquí se hospedan aportan tanto color al resort como sus casas.

Hamburg - Gian Franco Brignone tiene 91 años y vive desde hace casi medio siglo en Careyes. Con la creación del resort, este italiano hizo realidad el sueño de su vida.

Mágico. La palabra que pronuncia todo aquel que viene alguna vez a este lugar. Un lugar con fachadas multicolores, 13 kilómetros de costa y vistas interminables al Pacífico. El resort Costa Careyes se encuentra en el litoral mexicano, a tres horas en coche de Puerto Vallarta hacia el sur. Este complejo se compone de villas privadas y coloridas casitas que se acurrucan, azules, verdes y rojas, en la escarpada pendiente; además, unas cuantas habitaciones de hotel y bungalows color rosa a pie de playa. Y luego están los Ocean Castles, unas esculturales construcciones circulares rodeadas de infinity pools que parecen adentrarse en el mar. Estos castillos de agua se pueden alquilar por 11000 dólares la noche en temporada alta, mayordomo y cocinero incluidos. Careyes tiene capacidad para albergar a un total de 600 personas. Un número manejable, y esa es la intención. Aquí todo lleva el sello de un visionario: Gian Franco Brignone, un italiano de Turín, hijo de una familia de banqueros, artista y promotor inmobiliario. En 1968 sobrevoló esta parte de la costa con una avioneta y se enamoró, desde el aire, del paraje virgen y salvaje que divisaba. Ni una sola carretera, solo espesa jungla, rocas y playa. No se lo pensó dos veces, compró el terreno y contrató al arquitecto mexicano Marco Aldaco, hoy famoso por su arquitectura liviana y en armonía con los elementos. Lo primero que este le construyó fue la Casa Mi Ojo, de azul añil y con un puente colgante a la roca vecina. El nombre de la casa es un homenaje al ojo que Brignone perdió de más joven. Con esta construcción había definido el concepto de Careyes: muy individual, un poco excéntrico, no apto para el público de masas. Pronto llegaron sus amigos de la jetset europea, playboys y artistas de la vida; pesos pesados como Gianni Agnelli y el magnate de las finanzas James Goldsmith. El recóndito lugar de retiro comenzó a hacerse famoso. 

Hasta la fecha, los Brignone apuestan por el boca a boca. Vienen amigos de amigos y esos suelen encajar bien. Aquel que quiera comprar algo aquí tiene que traer mucho dinero, pero, sobre todo, tiene que cumplir 27 condiciones tan insólitas como simpáticas. El interesado «debe, sobre todo, apreciar la música del cielo, de la tierra y del mar» y «haber cometido la mayoría de los siete pecados capitales». De obligado cumplimiento son también el poliglotismo y el humor. Nada más ver el logo del resort, uno se da cuenta de que aquí todo es un poco distinto: un signo de interrogación y otro de exclamación, nada más. Careyes es sinónimo de sensación de vivir. Ape- nas hay ángulos rectos ni cantos afilados; abundan las formas orgánicas, todo fluye; debajo de los altos techos de palma, una suave brisa. Un lugar sensual con frondosas buganvillas; el restaurante está adornado con estrelitzias junto a grandes fuentes de marisco. Lo que más llama la atención es todo aquello que no hay: motos acuáticas, gentío y ruido; incluso las hamacas y sombrillas en la playa brillan por su ausencia. En lugar de ello, la sencilla belleza de la naturaleza: esterillas de coco en la cálida arena y hamacas bajo las palmeras. Robinson Crusoe y un poco de James Bond; todo ultralujoso y a la vez auténtico. Aquí, la naturaleza con su imprevisibilidad es una constante: hacia el interior, Careyes está rodeado de una gigantesca reserva de la biosfera. 14 500 hectáreas  de bosque tropical con cocodrilos, pumas, jaguares, buitres, serpientes y coyotes. En el lado del mar, cada año desovan 2000 tortugas marinas en la playa salvaje, bajo la estricta vigilancia y protección de la familia Brignone y un biólogo. Y es que Costa Careyes es el santuario de la tortuga carey, de ahí su nombre. Hasta hoy, el ya nonagenario paterfamilias, Gian Franco Brignone, inspecciona cada detalle en el complejo, tal y como lo ha hecho en los últimos 50 años. En 2006 el presidente mexicano le impuso la medalla de la Orden Mexicana del Águila Azteca, el mayor reconocimiento que este país concede a un extranjero. Gian Franco tiene cuatro hijos y todos juntos se encargan de Careyes: Giorgio, Filippo, Sofia y Emanuela; y tal y como les ha enseñado su padre, van de mesa en mesa saludando a los huéspedes venidos de todos los rincones del mundo y presentándo les entre sí. El gran mérito de la familia ha sido evitar que Costa Careyes se convirtiera en un circo de celebridades con paparazzi al acecho. «Lo conseguimos gracias a nuestra discreción», dice Filippo, uno de los hijos. «No usamos nombres para hacernos publicidad. Los periodistas de la revista People solo acuden a eventos muy puntuales. Respetamos la privacidad de las celebrities».

Quentin Tarantino rodó en una de la casitas la última escena de Bil Killl; Cindy Crawford se desnudó aquí para Herb Ritts y Bruce Weber eligió este lugar para su campaña publicitaria CK Obsession. Seal y Heidi Klum se casaron en Careyes. Giorgio Armani, Francis Ford Coppola, Bill y Melinda Gates, Paris Hilton... Todos han estado aquí. Especialmente en Navidad y Año Nuevo es cuando Careyes atrae a una fiel comunidad multicolor, principalmente europea. En el momento del check out, en enero, algunos ya reservan para el año siguiente, nos cuenta Filippo. En julio, a más tardar, la cosa se complica. Justo al lado de Ca- reyes se encuentra el resort Cuixmala, construido por James Goldsmith, el viejo amigo de Brignone, después de haber estado muchas veces en Careyes. Durante unos años hubo tiranteces entre ambas familias, que, de pronto, eran competidores. Complicado... pero ahora todos ponen de su parte. Los huéspedes de unos y otros son muy parecidos, muchos se conocen o se hacen amigos tras la segunda velada. Forman una gran familia a la Dolce Vita; siempre hay alguna fiesta de cóctel o una cena. Frente a Playa Rosa, la principal, se mecen pequeñas barquitas en esta cala semicircular. ¡Nada de superyates! Se escuchan conversaciones en media docena de idiomas al son de las olas que rompen en las rocas. Algunas noches se encienden fogatas en la playa. En cuanto a los móviles, existe una norma no escrita en Careyes: ¡apagar, esconder o perder! Filippo no dice claramente que los prohíben, lo formula así: «Es un instinto natural que fomentamos». Él dirige la Fundación Careyes a favor del medioambiente, el arte y la educación, que también se ocupa de los niños de los pueblos vecinos e imparte semanalmente clases de inglés en once escuelas primarias. El programa cultural incluye un festival de cine, música y arte (invitation only), eventos de polo al máximo nivel con torneos entre noviembre y abril, y desde hace dos años también el festival de música Ondalinda. Careyes crece de forma orgánica. «Un lugar que no crece muere, y un lugar que crece demasiado rápido muere igualmente», dice Filippo. Su padre construyó alrededor de árboles y rocas y mucho se quedó sin edificar. Y así debe seguir. Filippo vive en Tigre del Mar, una casa con una escalera de madera que supera el tejado y conduce al cielo. En su último peldaño, una botella de tequila a modo de saludo para los dioses. O para quienes vengan. 

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