Edición
04/26
Ubicación
Umbría, Italia
Fotografía
Reschio
Donde Umbría se encuentra con la Toscana se esconde un refugio de encanto casi irreal: el Castello di Reschio, una obra de arte total con vida propia. Gracias a la inagotable pasión de la familia Bolza, este mundo, que había caído en el olvido, ha vuelto a brillar, guiado por una profunda dedicación a la arquitectura, el diseño y la naturaleza.
Nada. Solo silencio. Ante mí se extiende un paisaje infinito de onduladas colinas y un inmenso tapiz verde salpicado de casas aisladas. La gravilla cruje bajo mis sandalias a cada paso. Solo el canto de un pájaro y el susurro del viento entre los pinos rompen la quietud. Sin darme apenas cuenta, me invade una profunda sensación de calma y la certeza de haber llegado, aunque hace solo unos minutos que he cruzado la entrada del Hotel Reschio. Atrás quedan dos horas de carretera desde Florencia bordeando el lago Trasimeno. La histórica frontera entre Umbría y Toscana,siempre a la vista. Durante siglos, estas tierras fueron escenario de disputas, hasta que Reschio pasó a formar parte del Sacro Imperio Romano Germánico y se convirtió en una pequeña isla de paz. Aún hoy parece un mundo aislado y aparte.
Recibo una cálida bienvenida en la Palm Court, el corazón arquitectónico de la finca. Su estructura de hierro y cristal, pintada de verde, evoca el refinamiento de la Belle Époque y me transporta a las antiguas limonaie, con palmeras, sillones de mimbre y sofás de terciopelo. Sebastiano, el conserje, me cuenta que el piano de cola Steinway es incluso anterior al Titanic. Casi espero que alguien me entregue una pesada llave de hierro, en perfecta sintonía con antiguos muros del castillo. En su lugar, recibo un llavero de madera decorado con la reproducción de un antiguo retrato. A partir de ese momento me encuentro con este tipo de retratos en todas las paredes. Los han reunido el conde Benedikt Bolza y su esposa, Nencia, ambos apasionados coleccionistas, que han rescatado innumerables lienzos de anticuarios y mercadillos para devolver el alma a estas estancias centenarias.



Los huéspedes pueden explorar las más de 1.500 hectáreas de bosques y prados en una excursión a caballo, una ruta de senderismo o un recorrido en bicicleta eléctrica.
En mi amplia habitación, situada en un edificio anexo, junto a la antigua iglesia de San Michele, la clásica atmósfera de hotel se desvanece definitivamente. En lugar del habitual diseño anodino, me recibe una suite con mucha personalidad. Los colores cálidos y la madera oscura dominan el estilo de los interiores. Me siento como si fuera la invitada particular de un refinado coleccionista. Las estancias se suceden con naturalidad, incitando a recorrerlas sin prisas. Sobre un aparador me espera un exquisito pastel de chocolate, espolvoreado con azúcar glas y decorado con las iniciales CdR —al igual que los cojines de la cama—. Podría pensarse que corresponden a Castello di Reschio, pero en realidad aluden al primer conde de Reschio. Cada detalle se caracteriza por el mismo encanto nostálgico. Y cuando Benedikt Bolza no encuentra un objeto que se ajuste a su visión estética, lo diseña él mismo, como la colección de interiorismo B.B. for Reschio. De ella forman parte tanto la estructura metálica de la cama como la cafetera cromada, cuyo acabado reluciente es digno de un premio de diseño. Las ventanas se abren a dos mundos contrastantes: al este, el sol matutino despunta entre la niebla de las colinas de Umbría; al oeste, se pone en un halo dorado sobre la frontera con la Toscana.
Por la tarde, en una visita guiada, descubro los secretos y la inmensidad de esta finca de 1500 hectáreas, situada entre colinas intactas, bosques silvestres y siete lagos artificiales. Los orígenes de la fortaleza se remontan al año 1050. Cuando la familia Bolza adquirió la propiedad a mediados de la década de los ochenta, la mayor parte de los cincuenta caseríos históricos estaban reducidos a ruinas y ninguno conservaba el tejado completo. A lo largo de las décadas, la familia ha restaurado los edificios con extraordinario esmero y los ha vendido en su mayor parte a propietarios privados. Todo el proyecto lleva la firma del conde Benedikt Bolza, que, con la sensibilidad de un arquitecto y la visión de un diseñador, ha devuelto la vida al espíritu del pasado.


Interior a medida: cada detalle de las suites está cuidadosamente pensado. Muchos de los muebles, entre ellos la llamativa estructura de la cama y las lámparas Poggibonsi, han sido diseñados por el propio Benedikt Bolza.
No fue hasta 2021 cuando Reschio abrió sus puertas como hotel, con 36 suites de diseño personalizado, fruto de años de meticuloso trabajo. Mientras recorro los rincones ocultos y los estrechos pasadizos del castillo, comprendo que cada piedra está íntimamente ligada a la historia de la familia. Es un lugar en el que el destino hizo de las suyas: en los años noventa, la restauradora Nencia Corsini llegó a Reschio para intervenir en unos frescos históricos. Allí conoció a Benedikt Bolza, se enamoró de él y se quedó. En la actualidad, enriquece la vida de la finca con su creatividad y su amor por la naturaleza. Los empleados cuentan que conoce cada planta de la propiedad, desde los enormes arbustos de romero hasta los limoneros y las higueras.
A la mañana siguiente, en La Tabaccaia, descubro hasta qué punto esa visión creativa impregna toda la finca. El conde Bolza transformó el antiguo secadero de tabaco, construido en los años cuarenta, en un estudio de arquitectura y diseño de estilo industrial, en el que el ladrillo, el hormigón y el vidrio definen la personalidad del espacio. Entre los escritorios se amontonan antigüedades, esculturas y espejos dorados.Bolza es un perfeccionista que no deja nada al azar. Para él, rehabilitar una casa es un acto profundamente emocional. «Es como el nacimiento de un hijo», afirma con los ojos brillantes. Durante nuestra conversación, nos acompañan dos de sus hijas, que continúan con la tradición familiar al frente de Reschio Collections. La firma reúne objetos vinculados a las tradiciones de esta tierra y elaborados por artesanos locales, desde aceite de oliva y pequeños artículos de marroquinería hasta las características lámparas de la colección
Más tarde bajo a pie hacia el restaurante Alle Scuderie, pasando por el Teatro Ecuestre, el corazón de la legendaria yeguada creada por el difunto conde Antonio Bolza. En la pista de equitación cubierta, los huéspedes pueden presenciar el entrenamiento de los caballos de doma clásica, de la mano del director de las caballerizas, Antonello Radicchi, y su esposa, Francesca. Su delicado método prescinde del bocado. Los caballos andaluces —que solo se vuelven blancos con el paso del tiempo— se mueven en perfecta armonía. Aquí los animales no participan en concursos: la presión y las restricciones propias del deporte de competición no encajan bien con la filosofía de libertad que inspira a Reschio. En el restaurante situado junto a las cuadras disfruto de una excelente pasta cacio e pepe, seguida de una ración de helado de pistacho.



Antes de terminar el día, me dirijo a la Bathhouse, el spa situado justo debajo de los imponentes muros del castillo. Gracias a un ingenioso sistema de reservas, los encuentros con otros huéspedes son poco frecuentes. Mientras desciendo escalón a escalón hacia el subsuelo, pierdo toda noción del tiempo. Los gruesos muros protegen de la luz del día, mientras las velas parpadean en el borde de la Vasca Romana. Nado a través de un estrecho pasadizo y me encuentro entre los cimientos de la gran torre, bajo el chorro de una cascada que cae desde varios metros de altura. Tras la sauna, me siento atraída por la monumental Sala del Grande Camino. Durante el masaje, tengo la impresión de que el tiempo se ha detenido definitivamente.
Unos días más tarde, mientras el chófer me conduce de regreso a Florencia, dirijo una última mirada a los cipreses que se recortan contra el cielo como si hubieran sido pintados. De este viaje me llevo la certeza de lo que puede surgir cuando una familia regala su dedicación incondicional a un lugar. Reschio es un legado vivo, un destino al que, sin duda, volvería.

Merle Wilkening
Como redactora senior de GG Magazine, Merle Wilkening escribe sobre las personas, los lugares y las ideas que mueven nuestro mundo. Lo que más le apasiona es entrevistar a personalidades que transmiten su vocación con auténtico entusiasmo. Su curiosidad la lleva continuamente a viajar hacia el sol, en busca de encuentros singulares y de las historias que se esconden tras los destinos más fascinantes del planeta. Sus descubrimientos culinarios van desde el restaurante preferido del barrio hasta la alta cocina galardonada con estrellas Michelin.
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