- 9 min leer
- 16.06.2026
- por Martin Tschechne
Francis Kéré – Lo que realmente importa

Edición
03/26
Ubicación
Gando, Burkina Faso
Fotografía
Kéré Architecture / Por cortesía de la editorial Taschen: Building Stories. Francis Kéré.
Seguridad y sentido de comunidad, curiosidad y respeto por la naturaleza: el arquitecto Diébédo Francis Kéré traslada las tradiciones de su tierra natal africana a una nueva era y, con ello, cosecha éxitos en todo el mundo.
Vínculo con la tierra natal: Gando es mi lugar
Así comienza esta historia; una declaración que le sirve de hilo conductor hasta el final. Y como a veces precisamente las frases más sencillas son las más difíciles de trasladar a otra realidad o a otro idioma, Diébédo Francis Kéré se ha encargado de elaborar una lista de impresiones y recuerdos que precisan el sentido que él le da: «Origen y destino, patria y vocación, el lugar donde mi espíritu emprendió un día su viaje y, al mismo tiempo, aquel al que vuelve y en el que encuentra la calma».
Aquí, cada terrón de tierra le resulta familiar, como le gusta contar al arquitecto, que hoy dispone de un estudio en Berlín y lleva a cabo proyectos tanto en Mali como en Montana, Londres o Las Vegas. Conoce todos los atajos que atraviesan los campos, cada choza, la mezquita, el mercado y cada cabra que pasta sus briznas de hierba. Sabe perfectamente cuándo llega la hora de ponerse a la sombra del gran neem para protegerse del sol. Aún conserva en su interior el recuerdo del aroma de la lluvia sobre la sabana y, sí, sabría recorrer los senderos de su pueblo con los ojos vendados. Aquí tal arbusto en flor, allá la puerta que da a tal cocina.
Gando se encuentra en Burkina Faso, en África Occidental, a poco más de 15 kilómetros de la capital provincial, Tenkodogo, y a poco menos de 200 kilómetros de la capital, Uagadugú. Tierras áridas y vegetación escasa. Cuando Kéré dibuja el mapa de su tierra natal, nunca olvida marcar con grandes flechas azules los recorridos del viento, las cadenas de colinas que protegen el pueblo de las nubes de polvo del Sáhara y la hondonada al oeste, paso natural de las lluvias estivales. Un buen constructor observa y conoce las costumbres de la naturaleza. Y las respeta.

Un regreso con visión de futuro: la escuela de Gando
En 1972, cuando tenía siete años, su padre lo envió lejos de Gando. Era el jefe de la aldea, un hombre influyente, pero los demás no lo entendían. «¿Para qué mandarlo a la escuela?», preguntaban. ¿No habría sido mejor que el niño se quedara en casa para echar una mano? Han pasado muchos años desde entonces. Su historia lo llevó a Alemania, donde encontró un programa de apoyo para jóvenes africanos, un aprendizaje como carpintero, luego trabajos ocasionales en obras de construcción para prepararse por las tardes para los exámenes de bachillerato y, finalmente, los estudios de arquitectura en la Universidad Técnica de Berlín, una ciudad fría y gris. Luego, un día regresó a Gando para construir una escuela. ¡No en vano había experimentado personalmente las posibilidades que ofrece la educación! La construcción, terminada en 2001, se convirtió en su obra maestra. La primera de muchas.
Después, diseñó un espectacular pabellón cuyo techo se eleva hacia el cielo como un árbol para la Serpentine Gallery, en los Kensington Gardens de Londres. Construyó una clínica con sanatorio y viviendas para médicos en Léo, capital de provincia en Burkina Faso; un centro de visitantes para un parque nacional en Mali; y también un memorial con mausoleo dedicado a Thomas Sankara, un antiguo presidente de su país, revolucionario y héroe popular, que cayó en 1987 tras un golpe de Estado. Luego, una casa para su madre que traduce al ámbito de la vida rural las reformas de Sankara —igualdad de derechos y responsabilidad compartida en la comunidad y la familia—, quizá incluso un modelo para todo el país.
Las relaciones siguen ocupando un lugar central en su arquitectura. Francis Kéré ha continuado construyendo escuelas, lugares de aprendizaje y de encuentro: edificios anexos para el colegio de Gando, debido a que la demanda de educación se ha disparado; un instituto de secundaria y el Instituto Tecnológico de Burkina en Koudougou; un centro de formación e investigación para artesanos de la construcción en Tenkodogo; y un campus dedicado a las startups y a los jóvenes expertos en tecnologías de la información y la comunicación en Kenia.
Siempre tenía en mente el mapa de su pueblo natal, con sus colinas, sus hondonadas y los vientos que traían aire fresco. Sus proyectos nacieron en Berlín. Sus profesores y colegas en Alemania no siempre comprendían los retos que planteaban el calor y la temporada de lluvias, o las termitas que devoran la madera en un abrir y cerrar de ojos. Probablemente, tampoco compartían el profundo respeto que este joven africano sentía por los conceptos de educación y comunidad. Pero el arquitecto había aprendido a justificar cada etapa de su trabajo. Y sabía ser convincente. La luz del sol, la sombra y el aire en movimiento se convirtieron así en materiales de construcción tan reales como el granito extraído de la cantera, el techo de chapa ondulada sobre pilotes y las tejas moldeadas con la arcilla omnipresente en su país de origen.

Recursos locales, gran impacto
Diébédo Francis Kéré ha relatado su trayectoria hacia el mundo desde África Occidental (a donde nunca ha dejado de regresar) en un libro, ricamente ilustrado con fotografías que muestran a personas levantando muros, transportando piedras, alisando suelos, de rodillas unas junto a otras, y celebrando con risas. A veces, una nota manuscrita atraviesa textos e imágenes, dejando claro que también esta biografía es un proyecto en continuo progreso y desarrollo, revisado en los detalles y siempre abierto a nuevas intuiciones. En el fondo, la réplica exacta de los procedimientos empleados durante el primer gran proyecto de construcción del arquitecto.
Había imaginado una escuela para Gando que se inspirara en el entorno, su cultura y sus tradiciones, y que ampliara sus horizontes. Kéré resistió la tentación de realizar el proyecto en hormigón, la forma más rápida y económica. En el lugar ya se disponía de todo lo necesario. Recurrió únicamente al uso de una mínima cantidad de cemento para prolongar en unas décadas la vida útil de los ladrillos de arcilla. Contrariamente a las costumbres locales, diseñó los cimientos del edificio, prolongándolos hacia arriba para crear un zócalo. Una solución sensata para mantener secos los suelos de las aulas durante las lluvias torrenciales entre mayo y septiembre. Al mismo tiempo, también transmitía un mensaje: la educación se asienta sobre un zócalo, a la altura de los ojos, si no más arriba que el resto del pueblo.
Se alojó a los profesores en apartamentos de calidad cerca de la escuela, no solo como un gesto de respeto hacia los educadores, sino también para subrayar una verdad fundamental: la educación es un esfuerzo colectivo que todos deben celebrar. Kéré construyó un gran techo y lo colocó sobre una estructura metálica para que las brisas refrescantes pudieran pasar por debajo. Logró una ventilación natural al incrustar en las paredes y los techos vasijas de barro con el fondo cortado, reutilizando así recipientes recogidos en los hogares locales. Diseñó las aulas con pasillos amplios al aire libre, de modo que las clases y los juegos se pudiesen extender al exterior, a la sombra del extenso dosel de hojas.
Todo el mundo participó. Así es como él había sido educado. Kéré comprende el poder de la comunidad, la energía colectiva que se genera cuando cada persona desempeña su papel y el orgullo que sienten quienes han ayudado a forjar su propio futuro. Hubo quienes estaban más comprometidos; otros lo estaban menos. Unos llegaban temprano por la mañana y otros solo tomaban un plato de frijoles a la hora del almuerzo. Pero el maestro constructor era generoso. Y todos pisoteaban el suelo al unísono, como en una danza comunitaria. Aplastaban los ladrillos y los llevaban al lugar de la obra equilibrándolos sobre sus cabezas, mientras observaban cómo Kéré los colocaba formando un arco. Sin embargo, no fue hasta que toda la comunidad se subió a la estructura cuando sus dudas se disiparon, sustituidas por la certeza de que realmente podría soportar el peso del techo de su escuela.
Pasaron los años. De pronto, una llamada telefónica. Christoph Schlingensief al aparato. Director de teatro y ópera, autor, cineasta y artista performativo, capaz de revolucionar con sus ideas el panorama cultural alemán como pocos. Se encontraba en fase terminal; los médicos le daban tres meses de vida, pero él estaba decidido a construir un teatro de ópera, una aldea cultural en medio de la sabana de África Occidental. Los dos congeniaron de inmediato. Kéré había encontrado una resonancia inmediata en el concepto de «escultura social» de Joseph Beuys: la creencia de que el arte solo existe de verdad cuando es moldeado y compartido por toda la comunidad. Había visto la película de Werner Herzog Fitzcarraldo, en la que un desquiciado Klaus Kinski arrastraba un barco a través de la selva peruana. ¿Por qué no iba a funcionar algo así también con un pueblo-ópera?

De decorado a barrio
Schlingensief falleció en agosto de 2010. Los tres meses se habían convertido en dos años y medio, pero su legado quedó inconcluso. Trece enormes contenedores siguen allí, a la espera de ser desembalados. En su interior se encuentran los componentes del Teatro Total, diseñado originalmente en 1927 por el fundador de la Bauhaus, Walter Gropius, y el director Erwin Piscator, con el objetivo de llevar el medio a una nueva era. Este teatro ha sido reconstruido y donado por la Trienal del Ruhr, en Bochum (Alemania). Los planos están ahí. También está la constatación de que un teatro así requiere una infraestructura que sencillamente no existe en las afueras de Laongo (Burkina Faso). Quizás sea una cuestión de tiempo.
Sin embargo, el pueblo construido para la ópera se ha convertido en un pueblo de verdad y muchas personas de la región están agradecidas por haber encontrado un hogar de nuevo en las sencillas casas modulares tras una inundación catastrófica. Se ha creado un centro de salud y una escuela para trescientos alumnos de la región. Incluso hay un cine y un dentista.
Lugares de pertenencia
Desde hace tiempo, la idea de Kéré de una arquitectura que tiene su origen en el tejido social y confluye en la vida comunitaria se ha extendido por todo el mundo. En Las Vegas, en medio de hoteles de lujo y casinos, exactamente sobre la antigua línea divisoria que en los años de su fundación separaba los barrios de los ricos de los barrios marginales, está surgiendo un museo de arte moderno: las obras cedidas, enviadas desde Los Ángeles, pretenden dotar de una identidad social a este desierto de hormigón y letreros de neón. El museo sería la única institución de este tipo en una región metropolitana de casi tres millones de habitantes. Una y otra vez, los proyectos del arquitecto evocan la estructura ya conocida: un árbol ofrece protección contra las inclemencias del tiempo y crea un espacio místico para el debate y la reflexión, un mecanismo que funciona bien tanto en Gando como en el desierto de Nevada, en Porto Novo —donde Kéré está construyendo un inmenso edificio para el Parlamento de la República de Benín concebido según el modelo de la naturaleza— y en el ventoso norte de los Estados Unidos. En Fishtail (Montana), dispuso cientos de troncos de pino siguiendo un patrón para crear una amplia cubierta sobre un lugar de reunión para los visitantes del Tippet Rise Art Center. Al igual que en la sabana de su infancia, la vista desde debajo de esta sombra protectora se extiende hacia un horizonte vasto e infinito.

En la Universidad Técnica de Múnich, Kéré está construyendo una guardería con un jardín en la azotea, integrada en su entorno de la Gabelsberger Strasse, pero alejada del ruido de la ciudad como un oasis: un refugio de seguridad, juego y comunidad. Su museo dedicado al pintor y cineasta Alfred Ehrhardt en Plüschow (Mecklemburgo) rinde homenaje al antiguo alumno de la Bauhaus al tiempo que honra la tradición arquitectónica del norte de Alemania. Construido con tierra compactada y madera, en consonancia con el estilo local de entramado de madera, su tejado a dos aguas ofrece a los visitantes una sensación de seguridad, al tiempo que sirve de hábitat para la flora y la fauna en peligro de extinción. Y, por supuesto, no reflejaría la idea de participación y autonomía de Kéré si el proceso no hubiera comenzado con una reunión en el ayuntamiento: un diálogo de dudas y ánimos que culminó en la alegría de un proyecto compartido. Al igual que en Gando.
El arquitecto partió de una tierra en la que el calor y la lluvia tropical empujan a las personas a buscar refugio, y llegó a otra en la que la arquitectura es urgentemente necesaria para redescubrir la comunidad. En 2022, su obra fue galardonada con el Premio Pritzker, el Nobel de la arquitectura. Para Diébédo Francis Kéré, sin embargo, esto representa menos un final feliz y más una responsabilidad.
En la actualidad, Francis Kéré vive y trabaja principalmente en Berlín.
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