
- 8 min leer
- 19.01.2026
- por Michaela Cordes
Ventura Antártida – con el barco de expedición Hanseatic Nature

Edición
01/26
Ubicación
Polo Sur, Antártida
Fotografía
Hapag-Lloyd Cruises / Fabio Kohler
Hielo eterno, ballenas, focas, pingüinos y, con un poco de suerte, incluso orcas. Tres semanas a bordo del barco de expedición Hanseatic Nature, desde Ushuaia hasta el círculo polar ártico y vuelta... ¡Una aventura inolvidable! GG tuvo el privilegio de acompañar en exclusiva este viaje de ensueño.
Donde el viento y las olas marcan el rumbo
Desde que embarcamos en Ushuaia, la ciudad más austral del mundo, hemos recorrido 890 kilómetros. El termómetro marca ocho grados y el mar, negro azabache, alcanza aquí los setecientos metros de profundidad. Sobre nosotros se agitan nubes grises y sopla el viento. El capitán anuncia con voz serena por megafonía: «¡Demasiada tormenta para las islas Malvinas! Iremos directos a Georgia del Sur». El clima y el estado del hielo determinan la ruta de nuestro viaje. Así, la remota isla del Atlántico Sur, rica en fauna, será nuestro primer destino.El buque de expedición Hanseatic Nature, con 138 metros de eslora, posee capacidad para 168 pasajeros y 160 tripulantes. Propiedad de la compañíaHapag-Lloyd, tiene la clase de hielo PC6, la más alta para barcos de pasajeros, y puede atravesar capas de hielo de hasta noventa centímetros de espesor. La primera noche ceno con otros viajeros. El sol entra por las ventanas panorámicas. Aún nada indica que las olas vayan a alcanzar pronto los 4,5 metros.
Por la noche apenas duermo. El barco cruje y el oleaje se ha vuelto mucho más fuerte. A la mañana siguiente, salgo a cubierta dando tumbos. El suelo está resbaladizo por la espuma salada y la aplicación Windfinder indica ráfagas de hasta 48 nudos. Debajo de mí hay 7000 metros de océano, a seis grados de temperatura, y, sobre mi cabeza, un cielo gris acero. Me refugio en el gimnasio, donde la música contrarresta el ruido de las olas. Por la noche, los tres restaurantes del barco —Lido, Hanseatic y The Hamptons— están más vacíos. Muchos pasajeros sufren mareos. El médico de a bordo les aplica inyecciones contra las náuseas mientras, fuera, las olas siguen embravecidas.



En el reino de las ballenas y los pingüinos
Al tercer día, el tiempo se calma. Quienes siguen mareados pueden consultar los informes diarios sobre los próximos desembarcos en la pantalla de su camarote. Salgo a la cubierta ocho y respiro aire fresco. En el observatorio hay té y muesli. Allí me encuentro con nuestro capitán, Alexander Rabe-Bär, con 39 años, uno de los más jóvenes de la flota: «De niño navegaba mucho. Mi padrastro era médico de barco en Hapag. Durante mi adolescencia, viajé por todo el mundo; después estudié Náutica y trabajé durante seis años como oficial en el Europa». Este es su tercer viaje a la Antártida en este año.
Cuando estoy a punto de volver a mi camarote, el capitán anuncia por megafonía: «¡Ballenas a babor!». Salgo corriendo y veo los chorros: yubartas, rorcuales comunes y rorcuales norteños, cientos de animales que nadan en círculos alrededor del barco. Más tarde, el capitán nos explica que se trata de un espectáculo poco frecuente; ni siquiera los marineros más veteranos habían visto jamás una concentración de especies de ballenas como esta. Luego, nos invitan a salir a los pasillos frente a nuestros camarotes, donde brindamos con una copa de champán por esta experiencia única.
En tierra, nos maravilla la «autopista de pingüinos»: un sendero en la nieve por el que estos pequeños animales se desplazan.

Al ritmo de las reglas y la naturaleza salvaje
Al día siguiente, el sol se abre paso entre las nubes y un arcoíris se extiende sobre el mar. Frente a mí aparece Georgia del Sur: verde y agreste, enmarcada por los primeros icebergs. La voz del naturalista sir David Attenborough resuena en mi cabeza: «Millones de aves marinas, cuatrocientos mil pingüinos rey y alrededor de cinco millones de lobos marinos». Nos piden que desinfectemos minuciosamente nuestro calzado y nuestra ropa; cualquier rastro de semillas o tierra debe eliminarse. Con gran esfuerzo, los conservacionistas han logrado erradicar las ratas de la isla, aunque la gripe aviar sigue acechando. Solo cuando el equipo en tierra confirma que estamos «limpios» al cien por cien, se nos permite desembarcar.Antes de bajar, debemos pasar por una estación de lavado de botas de goma para asegurarnos de no introducir ningún germen. En tierra no pueden estar más de cien personas al mismo tiempo. Nos dividen en grupos de colores, cada uno con horarios distintos y su propia zódiac. Una vez en tierra, no podemos agacharnos ni acercarnos demasiado a los animales. Este sistema ejemplar sigue las estrictas normas de la IAATO (International Association of Antarctica Tour Operators), un riguroso código de conducta que todos los miembros deben cumplir si ofrecen viajes a la Antártida. Su objetivo es proteger este frágil ecosistema y permitir un turismo sostenible. Aquí rige el Tratado Antártico, un acuerdo internacional firmado el 1 de diciembre de 1959 y en vigor desde 1961, que dedica la Antártida exclusivamente a fines pacíficos, prohíbe cualquier uso militar y garantiza la libertad de la investigación científica.
Entre 1904 y 1966 se cazaron en Grytviken, una antigua estación ballenera de la isla, más de 150 000 ballenas y se les extrajeron los productos para el comercio mundial. Hoy, la estación es un museo poblado por cientos de lobos marinos que descansan por todas partes o nos siguen con curiosidad cuando caminamos por tierra.
A la mañana siguiente, mi despertador suena a las 5:30. Poco después, bien abrigada, con botas de goma y parka proporcionadas por el barco, soy una de las primeras en subir a la zódiac y navegar a toda velocidad a través de la nieve y el granizo hasta llegar a tierra: la llanura de Salisbury, hogar de casi 200 000 pingüinos rey. Sus cuellos naranjas brillan en la niebla. Entre ellos se mueven lobos marinos y albatros; gaviotas picotean cadáveres. «Cuanto más intenso es el naranja, más vieja es el ave», nos explican los biólogos del barco. Los pingüinos, de hasta 95 centímetros de altura, se acercan curiosos. Ballenas jorobadas —o yubartas— nos acompañan de regreso al barco. Bajando por la costa en dirección este, llegamos por la tarde a la bahía Fortuna: 20 000 pingüinos frente a un glaciar. El sol inunda el hielo de una luz deslumbrante. Hoy es catorce de febrero: por la noche, las mujeres a bordo reciben rosas rojas.
La fauna de la Antártida se ha recuperado notablemente. Antes apenas se veían ballenas, pero en la actualidad es posible observar sus chorros casi a diario
Al día siguiente llegamos a Puerto de Oro: los osos marinos resoplan perezosos sobre la arena; entre ellos, pingüinos papúa y lobos marinos adolescentes en plena pelea. De repente, un pingüino rey queda atrapado en unas algas. Lo vemos patalear desesperado hasta que finalmente se libra. El ave se queda parada, desconcertada, mientras tres de sus compañeros la han estado vigilando con lealtad. Luego se alejan juntos. «Nunca intervenimos —nos explica el equipo de expertos—, por muy difícil que resulte a veces. Alteraría el equilibrio natural». Por la tarde volvemos a salir en zódiac y descubrimos una colonia de pingüinos macaroni (esos de las plumas amarillas en la cabeza). El momento más emocionante es cuando de repente emerge un leopardo marino poco común resoplando frente a nosotros.
A la siguiente mañana aparece ante nosotros el enorme iceberg A23a, tan grande como la isla de Mallorca: con doscientos metros de altura sobre el agua, se le divisa incluso desde el espacio, aunque solo es una quinta parte de él la que asoma en la superficie (N. de la R.: en septiembre de este año, este coloso se ha reducido a menos de la mitad y se sigue fragmentando con rapidez). Se desplaza hacia Georgia del Sur. Su agua de deshielo es tan abundante que se teme que pueda amenazar las poblaciones de kril. De vuelta en mi camarote, Kemylhina, la camarera filipina, me habla de su hija en Manila y de lo feliz que está por trabajar ocho meses al año a bordo del Hanseatic Nature para poder pagarle los estudios.

El momento en que todo se detiene
Llegamos a la isla Elefante, donde Ernest Shackleton dejó a 23 de sus hombres durante su expedición en 1916 para ir en busca de ayuda. Hay pingüinos barbijo hasta los acantilados, elefantes marinos descansando en la costa y, de nuevo, un leopardo marino muy cerca de la zódiac, en plena caza de pingüinos. El hielo cruje y se oyen siseos de burbujas que brotan de las grietas de los glaciares que se resquebrajan. Más tarde, un iceberg bloquea nuestra ruta en el mar de Weddell. El capitán Rabe-Bär interrumpe la navegación y explica con calma: «No vamos a correr ese riesgo». Aquí es la naturaleza la que marca el rumbo. A la puesta de sol disfruto del impresionante espectáculo del anochecer desde mi terraza: en un silencio absoluto, pasan icebergs teñidos de rosa.
Yankee Harbour, en las islas Shetland del Sur, nos recibe con rachas de viento de hasta cuarenta nudos. Hay pingüinos barbijo, lobos marinos y arena negra de lava. En Isla Decepción caminamos sobre un volcán colapsado, donde también hubo una estación ballenera. Después, los más valientes desafiamos las gélidas temperaturas del agua —¡apenas tres grados! — y nos bañamos. Entramos corriendo y gritando, me sumerjo un instante y, al salir, casi no siento las piernas. La tripulación nos lleva rápidamente de vuelta al barco, donde voy directo al magnífico spa y paso un rato en la sauna para entrar en calor. La jornada termina pronto, estoy agotada, pero emocionada.
Momento de piel de gallina. Por los altavoces suena la voz del capitán: «Acabamos de cruzar el círculo polar antártico».
Atardeceres dorados en el fin del mundo
Navegamos por el canal Neumayer y vemos antiguas casetas de investigación británicas y argentinas, congeladas en el tiempo. Al atardecer, el sol tiñe el cielo de una interminable gama de tonos rosas y dorados. Al día siguiente llegamos a Punta Prospect: por primera vez, pisamos el continente antártico. Salimos en las lanchas y encontramos témpanos de hielo cubiertos de pingüinos papúa. En medio de ellos, dos leopardos marinos. De pronto, suena el walkie-talkie: «¡Uno ha mordido!». Ha atacado a tres zódiacs, que luego se deberán reparar. Nuestro patrón es de Hamburgo. Viaja a la Antártida todos los años desde 2004. Solo en 2020 no pudo hacerlo por la COVID, y nos comenta: «¡Fue horrible, me sentí como encerrado!». Le preguntamos sobre los cambios de la naturaleza que se han producido aquí en los últimos 21 años y nos responde que«en algunos lugares ya vemos más rocas emergiendo del hielo. Pero la vida silvestre se ha recuperado notablemente. Antes apenas se veían ballenas; hoy se pueden observar sus chorros casi todos los días. Los pingüinos, las focas... prácticamente toda la fauna ha aumentado mucho su población. Los lobos marinos son ahora tan numerosos que, en época de apareamiento, hay que tener cuidado, ya que defienden su territorio con fiereza».
En la cena, el capitán nos informa: «Acabamos de cruzar el círculo polar antártico». Un momento que pone la piel de gallina. Durante la noche, el viento azota el barco con rachas de entre 45 y 50 nudos. Escucho cómo las ráfagas de fuerza diez silban alrededor de mis ventanas. Al día siguiente visitamos dos antiguas casetas de investigación en la isla de Stonington: una británica y otra estadounidense. Aquí fue donde, por primera vez, dos mujeres pasaron un invierno en la Antártida. Hace mucho frío y la travesía en zódiac es más bien mojada. Vemos algunas focas cangrejeras y, una vez más, pingüinos. Después desembarcamos en la isla de Pourquoi Pas. Durante la excursión por el glaciar, la bióloga de a bordo, Nadja-Katharina Gerull, me explica: «Estos son solo machos. Se están recuperando de la época de reproducción. En estos meses, las focas disfrutan dejándose llevar sobre los témpanos hacia el norte. En la temporada de apareamiento, regresan a sus colonias».
El plato fuerte del día: una foca leopardo poco común emerge de repente del agua, resoplando, justo delante de nuestra zódiac.
A la mañana siguiente, el sol atraviesa mis cortinas. Al correrlas, se revela una vista espectacular: un cielo azul cobalto, montañas nevadas del continente antártico y témpanos de hielo hasta donde alcanza la vista. Observo a algunas focas cangrejeras que se persiguen deslizándose sobre los bloques de hielo, se zambullen en el agua como fideos gordos y vuelven a salir. Es una escena fascinante y cautivadora. Por la tarde, nos reunimos en la popa del barco para celebrar con una copa de champán el punto más austral de nuestro viaje. «¡Ahora solo faltan las orcas!», dice un pasajero que está a mi lado. Apenas unos minutos después, divisamos un grupo. Cazan creando grandes olas para hacer que sus presas, como las focas, resbalen de los témpanos al agua.
Más tarde, visitamos la cámara de provisiones bajo cubierta. Christoph Timm, gerente hotelero de los barcos de expedición de Hapag-Lloyd, administra junto con su equipo todos los alimentos almacenados en las bodegas: «Como estamos fuera más de tres semanas, la carne y el pescado se congelan. Las frutas, las verduras y las carnes frescas las cargamos en Ushuaia». Al mediodía, almuerzo con una pareja de pilotos de Fráncfort que vive en Estados Unidos. Es su primer viaje de este tipo y están encantados. Otra pasajera me cuenta que ha ahorrado durante mucho tiempo para poder hacer realidad su sueño: «¡Siempre he querido ver pingüinos!». Muchos de los pasajeros a bordo son amantes de la naturaleza y aventureros. Poco después, volvemos a ver ballenas. Disfruto del espectáculo con un gofre caliente con salsa de frutos rojos y helado de vainilla. A las cuatro de la tarde desembarcamos en Punta Jougla, en la isla de Wiencke, situada frente al continente. En este lugar habita una colonia de pingüinos papúa con muchos polluelos. Las crías corren detrás de sus padres chillando para que las alimenten. En la bahía descansan dos esqueletos de ballena bien conservados. Muy temprano por la mañana, salimos en las lanchas hacia la tranquila bahía Paraíso, pasando frente a imponentes glaciares. Al final del recorrido, sirven chocolate caliente a bordo, con ron para quien lo desee. La última parada es puerto Neko. Mientras nos preparamos para la última excursión en zódiac, aparecen dos ballenas enanas junto al barco. En tierra, nos maravilla la llamada «autopista de pingüinos», un sendero en la nieve por el que los animales se desplazan hacia el agua. Más tarde, sentados en la cubierta, observamos algunas ballenas más hasta que el sol se pone por última vez en un cielo teñido de colores irrepetibles. Es como si la propia Antártida se despidiera de nosotros solemnemente.

Una última mirada a la inmensidad
Las 48 horas siguientes del viaje transcurren a través del famoso pasaje de Drake, una de las rutas marítimas más tormentosas del mundo. Tenemos suerte y experimentamos el llamado Drake Lake, en lugar del temido Drake Shake, que, con mal tiempo, puede levantar olas de hasta treinta metros de altura. Incluso en el último tramo, ya por el canal Beagle rumbo a Ushuaia, nos acompañan algunas ballenas. El capitán se despide con unas cifras impresionantes: hemos recorrido 7676 kilómetros, la cocina ha consumido 14 400 huevos y 2400 kilos de carne. Al día siguiente, cuando bajamos del barco, nos cuesta despedirnos; tendremos que acostumbrarnos de nuevo al ruido y al gentío de la ciudad. Un viaje a la Antártida inspira humildad y cambia la perspectiva sobre nuestro planeta. ¡Qué pequeño es el ser humano y qué enorme es el privilegio de haber podido vivir esta aventura!
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