
- 2 min.
- 16.02.2026

Edición
02/25
Ubicación
Francia
Navegar plácidamente por los ríos de Europa, visitar magníficos monumentos y dejarse mimar por un servicio cinco estrellas: los cruceros fluviales se han vuelto chic y seducen a los viajeros más inquietos con el irresistible encanto de la lentitud.
Los reflejos rosados del sol del atardecer sobre las aguas del Ródano compiten con los destellos del vino en mi copa. Sentada en la cubierta del Riverside Ravel, me he pedido un aperitivo. En la orilla, la ciudad artística de Arlés transcurre a cámara lenta. Por la tarde exploramos la encantadora localidad donde Vincent van Gogh pintó sus famosos girasoles en 1888. Tenía muchas ganas de descubir LUMA Arles, el centro cultural recién inaugurado por la mecenas Maja Hoffmann, de la LUMA Foundation.
Embriagada por la infinidad de impresiones y tras nuestro largo paseo en bicicleta por una región especialmente rica en cultura, disfruto de la tranquilidad meditativa y de la extraordinaria luz desde mi tumbona. La cálida brisa veraniega se mezcla agradablemente con el olor a carbón recién encendido en la parte central del barco, donde están preparando la cena. Con un celoso perfeccionismo, los camareros traen grandes cuencos llenos de colas de langosta y jugosos chuletones para preparar el suntuoso bufé. La famosa barbacoa de mar y montaña, instalada en la cubierta plana, es solo uno de los platos fuertes que ofrece la compañía de cruceros Riverside Luxury Cruises, con sede en Hamburgo, para mimar a sus huéspedes.

Satisfecha, me recuesto y disfruto del efecto calmante de este lento viaje sobre mi estado de ánimo. Navegando a una velocidad de entre 15 y 25 kilómetros por hora, en los últimos seis días hemos viajado de Lyon a Aviñón (un total de 286 km, equivalente a tres horas en coche). Un trayecto relativamente corto en términos de distancia, pero tan rico en vivencias que requería mi máxima concentración para recapitular todos los momentos importantes: los flamencos rosas de la Camarga, fortificaciones medievales sorprendentemente bien conservadas, el famoso Palacio de los Papas de Aviñón y, por supuesto, los encantadores paisajes de la Provenza. Y todo ello sin tener que deshacer las maletas más que una vez, lo que ya de por sí hace que este tipo de viaje sea extremadamente cómodo. Aquí, ¡la relajación comienza desde el primer día!
La compañía, propiedad de los hermanos Gregor y Anouchka Gerlach, cuenta con tres barcos. Riverside Luxury Cruises está considerada la nueva estrella de un sector que llevaba años estancado y que recientemente se ha impulsado gracias a la visión de los hermanos Gerlach. Si hasta hace poco los cruceros fluviales pertenecían a la categoría de viajes turísticos de cuatro estrellas, ahora los Gerlach aprovechan su dilatada experiencia en el sector hotelero de lujo. Con su nuevo concepto, quieren captar a aquellos clientes que ante todo buscan el encanto de los viajes lentos, acompañados de un servicio excelente. Evidentemente, esta idea funciona: durante nuestro viaje conocemos a una pareja que no abandona el barco ni una sola vez y prefiere leer un libro en cubierta y dejarse mimar a bordo.

A diferencia de otros cruceros, que suelen estar abarrotados, el Riverside Mozart solo alberga 81 espaciosas suites de entre 19 y 82 metros cuadrados, todas con ventanas francesas panorámicas. Cada camarote individual está elegantemente amueblado y cuenta con un servicio exclusivo de mayordomo. En los días de mal tiempo se puede disfrutar del spa y del gimnasio del barco, y gracias a un sistema de natación contracorriente, la minipiscina ofrece la posibilidad de nadar largas distancias.

Quienes deseen explorar tierra firme pueden unirse a las excursiones oficiales. En cambio, los que prefieran más intimidad tienen la posibilidad de crear un programa personalizado de excursiones turísticas con la ayuda del mayordomo. Antes de irse a dormir, merece la pena echar un vistazo a la mediateca de la suite, donde al viajero le espera un programa compuesto por los propietarios del barco, con maravillosos clásicos como El padre de la novia, con Spencer Tracy y Elizabeth Taylor, o Sabrina, con Audrey Hepburn y Humphrey Bogart. En todas partes, el huésped recibe el mismo cariñoso mensaje: aquí puede relajarse. Con una atención esmerada, pero adaptada a los tiempos actuales, se viaja con el máximo confort, celebrando los beneficios de un placer lento y saludable. A bordo hay una flota de bicicletas eléctricas siempre cargadas, y a los más madrugadores les espera un sano desayuno en el espacioso restaurante Marketplace; los que prefieran dormir hasta tarde pueden reservar un brunch en el bistró. En lo demás, tampoco existe comparación entre un crucero fluvial y uno tradicional: no hay olas altas y, por tanto, no hay que temer al mareo.

Los momentos de mayor emoción se viven cuando se prepara el barco para atravesar una esclusa y superar desniveles de hasta 18 metros, como en el caso del Ródano. Para que el crucero pueda pasar por debajo de cualquier tipo de pasarela, es posible aplanar el puente de mando y otras estructuras superiores en cubierta (normalmente de noche). Rara vez ocurre que, debido a las fuertes lluvias, el nivel del agua sea tan alto que los barcos tengan que detenerse durante días. Como nos ocurrió hace un año, cuando estábamos a bordo del Ravel, viajando por el Danubio de Viena a Budapest. En esa ocasión visitamos Tulln, el lugar en el que el famoso pintor Egon Schiele nació en 1890. Por último, un consejo: si una semana a bordo le sabe a poco, puede combinar viajes más largos en tres barcos diferentes.
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